A partir de mediados del siglo XX, con el avance de la gestión en el ámbito de la responsabilidad social corporativa, el término Bottom Line ha ido transitando hacia el concepto de “Triple Bottom Line” para poder medir realmente el conjunto de los impactos de una empresa, sea social o no. La sociedad estaba exigiendo el cumplimiento de unos estándares de responsabilidad a todo tipo de organizaciones, y no es que las empresas no lo estuvieran cumpliendo, es que no se conocía porque no se medía. Desde entonces se amplió el concepto de medición o reporte de los resultados de la empresa (Bottom Line). Se empezó a hablar de “triple cuenta de resultados” (triple bottom line). Se trataba de medir no solamente los resultados económicos, sino también el impacto de su actividad en el medio ambiente y en la sociedad.

Para emprendedores y empresarios, hacer el balance económico es fundamental para asegurar la buena gestión y la confianza en la actividad de la organización. Sin embargo, como ello, también es tan importante y vital la medición del impacto social, es decir cómo cubre su razón de ser a un alcance 360º. Lo difícil viene cuando queremos medir cosas tales como el nivel de bienestar de una comunidad, la mejora de la educación en una población determinada, o cosas más difíciles aún como el grado de felicidad de una sociedad, y aquí es donde nos ayuda el enfoque Triple Bottom Line.

Estas variables intangibles y difíciles de medir constituyen el gran reto de las empresas y organizaciones: poder medir con la misma exactitud el nivel de resultados económicos y el nivel de cumplimiento de los objetivos sociales y comprobar el retorno que ello conllleva. Hoy en día contamos con varias metodologías y métricas para la medición del impacto y evaluación de los resultados sociales. Una de ellas es el Global Reporting Iniciative (GRI), promovido por el programa de sostenibilidad de Naciones Unidas. Otra de las más conocidas es el Social Return on Investment (SROI) o retorno social de la inversión. Este método consigue ponderar el valor social generado en relación a la inversión económica. Está indicado para aportar información a los inversores o promotores de una empresa social que invierten su dinero en un proyecto no sólo por el retorno económico, sino sobre todo por el retorno social. Igualmente el Balance del Bien Común (BBC), permite conocer mediante el uso de una matriz multi-input el retorno socioambiental de una actividad económica para con todos sus usuarios.

Porque lo importante es que cualquier actividad económica se sepa que puede -y debe- generar un impacto positivo a nivel social y ambiental. De hecho, la magnitud de tales efectos sobre el entorno es uno de los indicadores de éxito empresarial a largo plazo más afinados con los que puede contar un negocio.

Una empresa interactúa con su entorno de muy diversas maneras y en un amplio espectro de sectores: creando puestos de trabajo, dando formación a sus empleados, generando infraestructuras en el medio, consumiendo recursos, innovando en lo tecnológico, pagando impuestos, y poniendo a disposición de las personas un rango de productos y servicios tan variopinto que puede ir desde la alimentación, salud o formación, por nombrar algunas.

La manera en la que esta interacción se lleva a cabo es lo que diferencia a las empresas de éxito -las que tendrán un impacto positivo en el largo plazo- de las empresas que no podrán prosperar ya que no cubren una demanda social y perjudican el medio en el que se desarrollan. Lo importante es tener una cadena de valor próspera, clientes felices, comunidades satisfechas y administraciones y otros stakeholders trabajando en paralelo.

¿Por qué medir el balance Triple Bottom Line?

Es interesante, recomendable y deseable que las empresas vean cómo, midiendo y haciendo público el triple balance (económico, social y ambiental) de sus actividades, pueden mostrar a todas las partes interesadas -comunidades, administración, instituciones y ciudadanía- el grado en el que estas mismas actividades generan una serie de beneficios reales para la economía y para el entorno social, al mismo tiempo que aumentan su propia reputación, el grado de compromiso de sus empleados y la implicación de las instituciones públicas como agentes de apoyo de estas buenas prácticas.

Medir el impacto socio-económico de una empresa pone de manifiesto cómo ésta genera riqueza al tiempo que contribuye a los objetivos de las políticas públicas.

Así, los responsables de diseñar políticas públicas pueden desplegar una serie de incentivos, reglamentos y servicios con el objetivo de que más empresas quieran reorientarse en este sentido.

Al mismo tiempo, reforzamos la cadena de valor al acercar a las empresas a sus respectivos proveedores, distribuidores y partners, gracias a la claridad con la que se identifica su grado de fidelidad, estabilidad, capacidad de crecimiento, etc. y ayuda a las empresas a entender al cliente -desde sus necesidad, expectativas, y realidades-, lo que beneficia sobremanera a la innovación para terminar creando nuevos productos y servicios fruto de esta estrecha relación empresa-cliente.

La manera en la que las partes implicadas ven este comportamiento de las empresas es variable: desde los escépticos que no se creen nada y piensan que todo se trata de campañas de lavado de cara o greenwashing, a aquellos que piensan que “business is a force for good” y las empresas son agentes de cambio indispensables con un impacto positivo mucho más obvio y recurrente que el de la más organizada de las ONGs, pasando por los que saben que es mejor apoyar a empresas que hacen las cosas aparentemente bien en lugar de a otras que las hacen supuestamente mal.

A fin de cuentas, estos stakeholders quieren evidencias, indicadores y balances técnicos que justifiquen su elección, generando confianza colaborativa y reforzando la cadena de valor al tiempo que se aseguran saber que las cosas se hacen ciertamente bien.

Fuente: WBCSD Guide Measuring Impact (Spanish)

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