A estas alturas nadie duda de que el mercado, con la economía colaborativa, exige a todos los sectores que comiencen a escuchar a los usuarios, y que lo hagan YA.

El big data ahora nos lo pone más fácil que nunca para saber qué es lo que se demanda y cubrir las necesidades de unos usuarios cada vez más activos y partícipes de las distintas opciones de consumo.

Iniciativas como Uber y Airbnb han triunfado con modelos de negocio con los que cambia sustancialmente la forma de hacer business. En su momento fueron los rompehielos de un movimiento en el que las transacciones comerciales ya habían dejado de estar sujetas a convencionalismos para dar paso a un tipo de economía en la que las personas están en el centro, y deciden qué, cómo, cuándo y dónde quieren consumir.

A día de hoy, aún no existe una definición consensuada de Consumo Colaborativo (CC), quizás porque estamos en plena ebullición de un concepto que no deja de construirse y actualizarse de manera continua. Según Botsman y Rogers, autores de What’s mine is yours: The rise of collaborative consumption (2010), el CC es el “intercambio tradicional, trueque, crédito, transacción, alquiler, regalo y/o compensación reinventados a través de las tecnologías de la información, las comunidades de Internet y las redes sociales”.

Los nuevos valores, muchos resurgidos como consecuencia de la crisis económica, y las tecnologías aplicadas permiten aprovechar mejor los recursos ociosos y ahora, en lugar de vender, se alquila, se intercambia o se presta.

Uno de los sectores en los que el consumo colaborativo está pegando más fuerte es el del turismo, abarcando nuevas fórmulas de alojamiento, transporte y gastronomía.

Pongamos el ejemplo de airbnb, y de cómo este gigante de la economía colaborativa se concibió cuando unos chavales que no llegaban a fin de mes pusieron un colchón inflable (de ahí el “air”) en su salón para alquilárselo a forasteros y ahora es una empresa que factura 900 millones de dólares al año.

O el del polémico Uber, que surgió a partir de la idea de unos norteamericanos que no encontraban un taxi libre en París, ahora en fase de renovación tanto en sus productos como en su branding con ideas como poco impactantes,  que van desde crear un convenio con Spotify para que, todo aquel que pida su Uber desde casa, al montarse en el coche siga escuchando la música que tenía puesta en su salón, o el National Cat Day en EEUU en el que te envían un gatito a tu casa para que lo acaricies un rato.

Para hacer que todo esto sea posible, ya existen distintos tipos de plataformas que materializan el consumo colaborativo:

  • Los sistemas de servicios de productos (PSS) como el carsharing con negocios como Blablacar dinamizando esta tendencia, airbnb y Homeaway para el alojamiento y Cookening para la gastronomía.
  • Marketplaces de productos de segunda mano. En este grupo no abundan los productos y servicios asociados al turismo pero sí a los bienes de uso doméstico, como ropa y objetos (Wallapop, Chichfy, etc.).
  • Negocios colaborativos dedicados al intercambio de activos menos tangibles, como el espacio, el tiempo y las habilidades. Un ejemplo claro es nuestra plataforma ecoemprende por la que ahora mismo te mueves 😉 en la que se intercambian conocimientos y aptitudes.

Según el barómetro Hundredrooms sobre economía colaborativa en el sector turístico “el tejido empresarial en España considera que el Consumo Colaborativo en estos momentos es un fenómeno impactante a nivel de opinión pública e interés social, con unas pocas empresas globales, muchas pequeñas y medianas y aún bajo volumen económico. De hecho, mientras los apartamentos turísticos de economía colaborativa han estado creciendo a tasas de dos dígitos al año en los últimos tiempos, sólo representan el 2,9% de la cuota de mercado en España”. (Euromonitor International, 2014).

Aún así, los representantes de las organizaciones tradicionales dedicadas a la gestión de este sector (asociaciones de empresarios hoteleros, del taxi y la hostelería) no ven con buenos ojos la irrupción de estos negocios que tachan de competencia desleal, alegando que mientras ellos han de acogerse a una serie de regulaciones vinculantes impuestas en el sector, el vacío legal beneficia a estas nuevas fórmulas ayudándoles a ser más ágiles, dinámicas y versátiles.

En tiempo de cambio, la polémica está servida, sin embargo, los expertos indican que la tendencia es la des-regularización de la economía colaborativa y la pérdida de rigidez de las estructuras tradicionales para que así puedan llegar a equiparar y transformar sus prestaciones y servicios.

Sólo el tiempo y los usuarios seremos los que les daremos o no la razón, ya que a fin de cuentas, somos nosotros/as quienes decidimos e impulsamos este cambio en los métodos de consumo.

Apertura, aprendizaje y capacidad de innovación, si no queremos quedar fuera de juego… aún nos acordamos de Nokia, Kodak o Blockbuster… o no?

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